Manifiesto

Por el buen vivir

Un modelo integral y holístico de desarrollo, que invita a la acción política.

1.- La idea del buen vivir.
El “buen vivir” es un concepto cuyo origen se remonta a tiempos ancestrales y corresponde, independientemente de cómo se le nombre, a la forma de vida que intenta preservar un número significativo de pueblos originarios, dispersos por todo el mundo. Así, por ejemplo, el pueblo kichwa lo define como “Sumak Kawsay”, el pueblo aymara como “Suma Qamaña, y el pueblo mapuche como “Kume Mongen”.

Entonces, esto que hoy llamamos buen vivir, es el resultado de miles de años de sabiduría aplicada, concentrada en la experiencia práctica de pueblos que aprendieron un estilo de vida que busca la armonía de la persona consigo misma (subjetividad), con los demás (convivencia) y con la naturaleza (vínculo con la creación y el cosmos).

El buen vivir nace como una práctica que se conceptualiza y se convierte en un sistema de relaciones humanas, que nos muestra que es posible que una comunidad adopte conductas protectoras de los derechos individuales y colectivos que promuevan el respeto a la dignidad inherente a las personas, la convivencia pacífica, la plena adhesión a los acuerdos alcanzados y la justa repartición de los recursos disponibles para que a nadie le falte lo esencial, el cuidado irrestricto de la naturaleza y el libre ejercicio de la autonomía individual, dentro de los límites que aconseja el bien común.

¿Es acaso el buen vivir una utopía? Este concepto es mucho más que una mera teoría, es una práctica cotidiana de muchos pueblos indígenas que, contra toda adversidad, aún siguen vivos en todos los continentes del mundo. Esa subsistencia, que ha superado los peores intentos de hacerlos desaparecer, se relaciona precisamente con formas de vida que lograron una expresión superior de la existencia humana, formas que hoy la humanidad reclama con desesperación, como una puerta de salida de la degradación social, ambiental y moral en la que nos encontramos sumidos. Hemos abandonado aquello que nos hace humanos, aquello que posibilita la convivencia social y que evita que destruyamos la “casa común”.

2.- Desde la crisis global del modelo de desarrollo, a un Chile que se reinventa desde la solidaridad.
Nos hemos acostumbrado a concebir el desarrollo en un sentido dramáticamente restrictivo, como el logro de los niveles materiales de vida de los países más industrializados, el tener acceso a una gama creciente de cosas, bienes o servicios que una vez conquistados, deberían otorgar mágicamente la felicidad que se pretende alcanzar. Sin embargo, esa aspiración es insostenible e indeseable pues, además de la destrucción del planeta, no logra el objetivo de promover una vida plena y digna para todos y todas. La cultura del consumo ilimitado, termina siendo inevitablemente una fuente de insatisfacción e infelicidad. Por ello, los países “desarrollados” están también revisando y repensando sus propios modelos de desarrollo, en el contexto de la crisis global actual.

Esa ilusión desatada llegó a convencernos que la competencia salvaje era la clave del éxito. Y también nos convenció que la acumulación de dinero, artefactos, poder y prestigio, nos transformaría en verdaderas personas. ¿Acaso puede considerarse como exitosa una sociedad que, para mantener los niveles de poder y consumo de una élite de privilegiados, condena a la mayoría de la población a la exclusión y a la pobreza? Nos resistimos a pensar, como decía Thomas Hobbes, que el hombre sea un lobo para el hombre. Al contrario, solo si cooperamos, hombres y mujeres, podremos construir comunitariamente un futuro de esperanza y dignidad para todos, sin dejar que nadie se quede atrás.

Si a esto sumamos la pérdida de valor de la democracia, administrada por las manos sucias de quienes la utilizaron en beneficio propio y la configuración de un universo político carente de fundamentos éticos básicos, tenemos un escenario que nos conduce a un inevitable colapso global.
Hoy nos enfrentamos a un sistema de dominación económica donde inciden de manera sustancial, la mundialización de la economía, el auge del capital financiero con su enorme poder concentrador, y la crisis del Estado de Bienestar. En lo social, nuestra realidad se caracteriza por la falta de integración y comunicación entre movimientos sociales, la creciente exclusión social y política y el empobrecimiento de la mayor parte de la población mundial. Y en lo ambiental, se ha producido una depredación sistemática de un espacio natural del que somos parte, del que dependemos y que nos constituye a todas y todos, donde se ha procurado la satisfacción inmediata, sin considerar a las próximas generaciones.

La crisis que describimos, se ve agudizada porque, en general, las instituciones políticas teóricamente representativas, han claudicado a su deber se servir al pueblo y se han dejado cooptar por las élites del poder financiero y por la falta de control que la ciudadanía tiene sobre las burocracias públicas. El fracaso del modelo de desarrollo extractivista-capitalista, que pone la utilidad por sobre la persona y la naturaleza, se debe al menos, a tres razones. Primero, porque a pesar de poder impulsar el crecimiento económico, no es generador de desarrollo en un sentido amplio e integral. Segundo, porque su racionalidad económica es mecanicista y concentrada en la liberalización completa del mercado, generando desigualdad. Tercero, porque el funcionamiento libre y desregulado del mercado, donde los grupos de poder económico no se enfrentan a fuerzas capaces de limitar su comportamiento, terminan estableciendo una actividad económica concentradora de la riqueza, lo que deriva en resultados socialmente intolerables.

Algunos que buscan descalificar la contundencia de los actuales escenarios, sostienen que, después de todo, el naufragio que tanto se anuncia, parece no haberse producido. Argumentan que durante las últimas tres décadas, la pobreza extrema disminuyó, los niveles de ingreso se han más que duplicado, que ha habido una notable expansión del producto interno bruto y que se han multiplicado las exportaciones. Pudiendo ser cierto, se trata de una riqueza privada, que no siempre contribuye al bien común y que se ha generado a costa de destruir la naturaleza y pervertir al espíritu humano. Este sistema perverso, nos intenta hacer creer que superar la pobreza, tiene que ver más con incrementar la capacidad de consumo que con ofrecer oportunidades para una vida plena y digna, en armonía con el entorno natural y social.

La otra cara descarnada de la realidad, es el agravamiento de la pobreza de la mayoría de la población. Algo más de un tercio de las personas económicamente activas se debaten entre el desempleo y el subempleo. La mayor parte de ellas, sufren de los grandes déficits sociales, especialmente de salud, vivienda y pensiones insuficientes.

Más que a opciones ideológicas estereotipadas, que han probado su fracaso, la alternativa aparece cuando tomamos la decisión de asumir los elementos fundantes del buen vivir, aplicado a las circunstancias actuales. El desafío va más allá del tipo de Estado que se nos ha impuesto y se extiende hacia la capacidad de la propia sociedad civil para movilizarse y adecuar un orden político representativo a los proyectos legítimos de una sociedad diversa. He aquí la relevancia de tomar muy en serio el actual proceso constitucional que ha impulsado el pueblo cansado de tanta ineptitud, en el mejor de los casos, y de corrupción alevosa, en otros.

Chile tiene hoy la posibilidad de construir procesos de desconcentración económica, descentralización política, fortalecimiento de instituciones auténticamente democráticas y autonomía creciente de los movimientos sociales emergentes, que le devuelvan su ser y su capacidad de autodeterminación. Esto se puede asimilar a los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU, que determinan el mínimo exigible para que las sociedades puedan ser sostenibles, con condiciones de vida dignas para todos, velando por la integración, luchando contra la marginalidad y reduciendo desigualdades. 

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